
A raíz del escándalo provocado por el
caso Gürtel hemos sabido o, mejor dicho, confirmado de qué jaez eran ciertas
amistades peligrosas de José María Aznar vía Alejandro Agag, el
yernísimo. Los hemos visto a algunos de ellos -los jefes de la banda- en las fotos y en los vídeos de aquella tarde aún veraniega del 5 de septiembre de 2002, en el monasterio de El Escorial. Eran jóvenes cachorros que procedían de la cantera
popular seleccionada por el tándem suegro/yerno a través del
clan de Becerril. Otros colegas los denominaban los
PPijos y tuvieron el mérito de describirlos poco más de un año después y antes de que estallara el
affaire. El vínculo común era su voracidad compulsiva en orden al poder y al dinero. Y, por supuesto, su conservadurismo político que creían blindado -y en apogeo creciente-, gracias a la doctrina
neocon de George W. Busch, el nuevo buen amigo entonces de Aznar. Estaban convencidos además de que el PP –fuere quien fuere el sucesor designado por el
Gran Timonel- volvería a triunfar en las generales. Atisbaban un futuro radiante y olfateaban que había llegado el tiempo de la consolidación del liberalismo sin barreras y del desastre de las vetustas ideologías
progres. Silvio Berlusconi -.otro que estuvo en la
boda imperial- era para muchos de ellos un modelo atractivo. La primera fortuna de Italia –no pregunten de qué modo fue amasada- había llegado a presidente del Gobierno, mezclando abundantes dosis de populismo con guiños inquietantes hacia los nostálgicos de Mussolini.
Perillán sin principiosPero ignorábamos la auténtica dimensión política de algunos de los poderosos amigos de Agag y, por extensión, de Aznar. Intuimos que el magnate de la Fórmula 1, Bernie Ecclestone, era un perillán sin principios, un cacique a la vieja usanza que controla el deporte automovilístico de la posmodernidad. De hecho, él se exhibió así cuando a pocas fechas de las elecciones autonómicas, en 2007, condicionó su
regalo a los valencianos – circuito urbano de Fórmula 1—a que Francisco Camps fuera reelegido presidente de la Generalitat. Camps –uno de los del clan de Becerril- se sintió agradablemente arropado por Agag, estrecho colaborador de Ecclestone, con el que comparte negocios y días de vino y de rosas.
Favor con dinero se pagaAgag ejerció de
conseguidor, que éste en verdad es su verdadero oficio. Favor con dinero se paga. Todos salieron contentos de esa operación. Ecclestone –una de los hombres más ricos del Reino Unido- porque es el amo del tinglado de la Fórmula 1. Camps y Agag, por razones obvias. Y los
correas y los bigotes porque se les abrían más puertas para seguir almacenando oro. Ahí está, dos años más tarde, la empresa privada llamada Valmor Sports, un pozo sin fondo, bien cuidado con el dinero público. En 2006, quien les trajo la bendición divina y el sabrosísimo maná del cielo fue el mismísimo Benedicto XVI, aunque de ese asunto sabe algo más el cardenal Cañizares y, sobre todo, los beneficiarios directos de la trama.
El rey mago de ValenciaEcclestone, como hemos publicado en El Plural, se ha quitado públicamente la careta y se ha declarado fan de Adolfo Hitler en declaraciones a
The Times, acertadamente reproducidas en España por
El Mundo Deportivo. Lo que gusta a Ecclestone de Hitler es que supo “conseguir que las cosas funcionaran”. Y le desagrada la democracia porque “no ha hecho muchas cosas buenas para muchos países, incluida Gran Bretaña. Los políticos están demasiado preocupados por las elecciones”. El bondadoso
rey mago de Valencia es un admirador de Hitler que no se ha cortado la lengua para sugerir que un buen primer ministro del Reino Unido podría ser su “amigo” Max Mosley, presidente de la Federación Internacional del Automóvil.
Los restos del díaLos restos del día es una novela espléndida, publicada por Editorial Anagrama en 1990, y convertida luego en excelente película. Está escrita por Kazuo Ishiguro, nacido en Nagasaki en 1954 y que reside en Inglaterra desde 1960. Narra la nefasta tendencia de apoyo y comprensión hacia Hitler por parte de un sector importante de la alta burguesía y de la aristocracia británicas. No olvidemos que Eduardo VIII acabó abdicando tras conocerse sus coqueteos con Hitler y con Oswald Mosley. Pues bien, este Oswald Mosley era el líder de los fascistas británicos. En
Los restos del día se lee: “Lord Darlignton –coprotagonista del libro- fue un miembro de la clase dirigente inglesa que se dejó seducir por los encantos del fascismo, por la propuesta
revolucionaria de Oswald Mosley y sus
camisas negras”. Oswald, fallecido hace años, fue el padre de Max, el candidato a primer ministro sugerido por el multimillonario Ecclestone, el amigo de Agag.
Datos objetivosLos herederos sociológicos y políticos de Franco no están muy lejos, aunque lo nieguen, de las tesis que defienden tipos como Ecclestone o, en voz cada vez menos baja, Berlusconi respecto a Mussolini. Ésta es la otra cara de los buenos y grandes negocios que manejan el yerno de Aznar y sus amigotes. Agag fue secretario general del Partido Popular Europeo y sus gestiones sirvieron para que Berlusconi fuera aceptado por la derecha europea. Aznar fue presidente del Gobierno y terminó abrazando las teorías reaccionarias de los
neocon americanos, lo que le fue fácil si se repasa su trayectoria política desde jovencito. No son fantasías ni invenciones. Son nítidamente datos objetivos.
Enric Sopena es director de El Plural